De alguna manera, la fotografía promete una vida eterna, la posesión de un instante para siempre, la captura imaginaria de un objeto. ¿Por qué un fotógrafo decide detenerse a fotografiar algo tan banal como un cactus? En realidad, por la misma razón que otros fotógrafos registran sobre sus placas emulsionadas la destrucción de un edificio, la muerte de un hambriento o los autos más antiguos que aún transitan por la ciudad. El acto de fotografiar manifiesta en todos estos casos el deseo de que el motivo exista más allá del tiempo en que le tocó existir o, más precisamente, suceder. La fotografía de Antonio Ramos es obviamente de registro, como lo es sustancialmente toda fotografía.
También es, por supuesto, una suma de artificios, de trucos que persiguen crearnos una ilusión. Una vez que los objetos de Ramos pasan por el proceso de su alquimia, y mutan su condición de objetos a fotografías, de alguna manera dejan de existir como objetos. Esta es una paradoja que es preciso explicar para comprender los alcances artísticos de la fotografía.
Una vez que el objeto proyecta su luz (la luz que refleja de la fuente original que fuere) y el material emulsionado lo registra no queda de ella si no una especie de sombra formada por pequeños gránulos de plata, millones de puntos organizados en una numerosa sucesión de grises que fingen al objeto que los delineó. Aquí está, en bruto, la materia en que trabaja el fotógrafo su arte.
Los cactus de Ramos no son ya cactus, son esos millones de puntos de plata oxidados o no, y distribuidos sobre una superficie donde, según como estén agrupados, sugieren líneas, volúmenes, texturas según, también, las intenciones del fotógrafo que manipula todos los elementos.
Las fotografías de Ramos nos muestran a un fotógrafo minucioso, delicado, hábil técnicamente que entrega un pulcro trabajo. Sus cactus, en virtud de las cualidades del material con el que ha trabajado, en principio el blanco y negro, tienen la cualidad de transmutarse en paisajes o blindajes, y en el momento que uno está creyendo el cactus ocurre, de repente, que un detalle propone la duda.
Es muy difícil precisar qué cosa es un fotógrafo formalista y frente a otro que desde esa misma rigurosidad formal salta la valla. Atraviesa el espejo, hacia esa maestría donde las imágenes condensan sentidos que producen azoramiento o estupor, fotografías como las de Joel Peter Witkins o Avedon donde la evidencia de la forma cede lugar al espíritu de lo reflejado.
Ramos está allí, pisando fuerte en su tema, obsesionado con objetos como escobas, botones, ahora cactus, que le sirven para mostrarnos, por ahora, mucho más la calidad de su técnica que la profundidad de sus sentimientos.
J.A
El Comercio, 25 de abril de 1994
Hace dos años Antonio Ramos presentó una muestra titulada “Blanco sobre blanco”, En ella, una serie de objetos aparecían envueltos en papel (blanco obviamente) y se establecía una suerte de juego con el espectador, una especie de adivinanza. ¿Qué era el objeto envuelto? Lo importante, sin embargo, era más bien la envoltura. No lo envuelto. Como dice Antonio, quien enseña los cursos de fotografía color en El Centro de la Fotografía, “El blanco era en cierta medida irónico: no había color, sin embargo, el blanco es en realidad la mezcla de todos los colores”. Ese juego sutil del color y el no color, parecido al de la sutileza en los pliegues y arrugas de los envoltorios era la marca característica de aquella muestra.
Hoy, Antonio ofrece una nueva individual. Se trata, sin duda, de un difícil paso después de “Blanco sobre blanco”, pues, como él mismo lo pone: Desde esa muestra ¿Qué me quedaba por enseñar? No quedaba otra que descubrir todo lo que había cubierto y envuelto…y eso me daba un terror enorme”. Pues bien, del terror han salido fotografías hermosas.
Esta nueva muestra ofrece una serie de “maquetas” como Antonio las llama: objetos fotografiados y luego las fotografías de los objetos, combinadas con fotografías, vueltas a fotografiar para producir imágenes en las que diversos objetos se dan cita, pero solo en la imagen, y al hacerlo crean tensiones, generan significados. Es difícil describir como, sin tener las fotografías en frente, de pronto el reverso de una fotografía y dos pedazos de espejo comienzan a dialogar entre sí. Así nomás, pasa, simplemente sucede, con toda sutileza.
Y eso lo extraño y a la vez lo valioso de estas fotografías de Antonio Ramos: que, en cierto sentido, se asemejan bastante más a cuadros que a fotografías.
Estas fotografías no cuentan, como suele suceder, historia alguna. No hay rastros de narrativa alguna en ellas. Al contrario. Lo que hacen es que nos presentan objetos, cotidianos todos, pero de una manera que nos obliga a pensarlos como representantes de algo más. Lo que es todo lo contrario de lo habitual: La fotografía suele hacer que nos olvidemos de ella, suele hacer que veamos lo que ha sido fotografiado y no la foto misma. Pero Antonio termina con eso. No hay modo que no veas estas fotografías como fotografías, aquí la fotografía no se esconde, como suele hacerlo. Y ese hecho es, quizá el que les confiere esa cualidad pictórica a estas imágenes.
Demás está decir que ese ejercicio distinto, y en ese sentido personal, de la fotografía es una de las características más valiosas del trabajo de Antonio.
Carlo Trivelli
El Comercio, 28 octubre, 2002.
Antonio Ramos presenta obra reciente…Un conjunto de fotografías que abordan una propuesta distinta, audaz y ambiciosa, y testimonian el abordaje que su autor ha decidido emprender hacia caminos e instrumentos que lo distinguen en el nutrido y valioso panorama del arte fotográfico peruano.
Tomadas con película negativa en blanco y negro, e impresas en papel de algodón con tintas de carbón, desde la elección misma de los materiales empleados se percibe el deseo de búsqueda de orígenes y despojamientos llevados al extremo.
Conocida y elogiada, su obra anterior siempre tomaba un objeto y lo fijaba cuidadosamente, en espacios ascéticos, despojados, destacando sus formas y olvidando la posible narración que su soledad podría sugerir.
La preocupación formal, llevada al extremo, lo obligaba a un tratamiento agudo y profundo de los límites donde la luz y la sombra definían y cortaban.
El resultado era una identidad a “lo visto”, que transgredía la simple percepción que asociaba con el realismo pulcro y cuidado, para ofrecer o incitar hacia una nada que iba más allá de lo visualizado para ingresar al espacio indefinido de otra realidad alternativa. Un juego de preciosismo que en realidad quería negarlo.
En estas fotografías de ahora, el objeto son simples barras o lingotes, paralelepípedos de caras lisas, pulidas, sugerencia de metal, de igual dimensión, utilizados como elementos básicos para un juego de composiciones sobre fondos blancos, completamente neutros, donde Ramos ubica los conceptos de equilibrio, estabilidad-inestabilidad, agrupación, compactación, densidad, precariedad, aislamiento, etc., mediante la simple acción de apoyarlos entre sí, apilarlos o seriarlos, según su capricho.
Juego que juega con la maravilla matemática, las leyes de la gravedad, el minimalismo y la concatenación que más se asimila a la dispersión caótica.
Fascinante audacia, buscar la excelencia de las máximas posibilidades de la fotografía, a través de abstracciones, y sugerir el movimiento sol con la posición estática de los sólidos.
Élida Roman
El Comercio, 21 de noviembre, 2010
uno podría intentar hacer lo mismo que hace antonio ramos pero en lugar de usar bloques hacerlo con palabras colocándolas en fila sobre una hoja en blanco una docena de buenas palabras sacadas por ejemplo de algún poema de vallejo
músico destino dilatarse toser cuerpo placa mañana filamento bastón muerto pausas puño
para luego permutar sus posiciones colocar una palabra encima de otra una inclinada sobre otra haciendo cúmulos de a cinco de a tres de a siete
músicobastónmuerto pausas
pero uno no lograría hacer lo que hace ramos porque cada una de esas palabras es una palabra distinta y cada una de esas palabras desafortunadamente nombra algo dice algo mientras que los bloques metálicos de ramos son indistintos y son materia que no nombra nada materia anterior al nombre ensayos de cuerpos idénticos organizados de alguna forma entre sí
estados de cosas idénticas e indiferenciables porque todo lo que las distingue es estar a la izquierda de o a la derecha de o debajo de o algún accidente que no emana de los bloques mismos sino de afuera como la luz que cae sobre ellos en incidencias extrañas
los bloques son idénticos
y sin embargo en estas agrupaciones cada cuerpo adquiere no voy a decir una identidad porque sería demasiado pero sí una idiosincracia una manera de estar con los otros que es el comienzo de cualquier individuación
y por eso estas construcciones parecen deconstrucciones mínimas que en algún momento posterior podrán nombrar hablar decir algo pero que por ahora delimitan algo mucho más básico como que son piezas para un espacio o un tablero inexistentes simples piezas
las agrupaciones son precarias los bloques se apoyan entre sí inestablemente como sugiriendo que otras agrupaciones son también posibles que la clave de estos cuerpos es su intercambiabilidad y no el espacio que ocupan sino más bien sus posiciones respecto de otros cuerpos
es sólo después que pensamos en los tangramas chinos y tratamos de adivinar alguna forma reconocible en el conjunto solamente después emergen los significados si alguno de estas estrategias puras del cuerpo
del cuerpo uno y múltiple tosermañanadilatarsecuerpo placa
estas posibilidades de lo innombrable estudiadas por ramos son una destilación de trabajos anteriores por ejemplo los hermosos zapallos loche de 1996 o las peras envueltas de 1998 o las herramientas de 1999 o los marcos de plata del 2002 esto que ramos hace ahora es la reducción al mínimo de esas formas desvestidas de cualquier pretensión que no sea la de ocupar un sitio la de ser con otras
esa reducción al mínimo debe ser máxima sin color sin paisaje deshaciéndose de cualquier indicio de trivialidad o de psicología
ramos ha pasado del estudio del objeto en lo que es de la forma peculiar de un objeto a su no forma a su forma indistinta o mas bien a la forma que adopta un cuerpo cualquiera cuando se agrupa con las no formas de otros cuerpos
mario montalbetti
Por Gonzalo Galarza Cerf
A sus manos llegó una vez un asiento de bicicleta. La fotografió en su estudio: siempre en negativo, siempre en blanco y negro, siempre usando una sola luz. Al revelar, no era más el asiento de bicicleta como pieza escultórica, sino era el objeto convertido en otro. No había referencia de la realidad. “A mí me gusta la idea de ficcionalizar”, dice Antonio Ramos, quien ha partido de esa idea para armar esos bodegones con bloques de hierro, hechos a modo de lingotes, que presenta actualmente en el museo Pedro de Osma. “Me gusta el bodegón fotográfico y he tratado de hacerlo en una sola pieza, sintetizando más. Era el paso que tocaba”, detalla sobre este nuevo trabajo, que quizá sea lo más extremo que ha hecho.
“Al final quedan esas formas que no pertenecen ni forman nada, porque se han convertido en abstracciones por sí solas. Ya no es el objeto sin el bodegón abstraído”, dice el fotógrafo peruano. En la abstracción está la clave para entender a Ramos: despoja de sus cualidades al objeto y se queda con la esencia de sus imágenes. Y en ese momento construye como si fueran trazos a carboncillo, con una sequedad poética, algunos más lineales otros más abstractos de sombras, con un desborde controlado. Justamente estas últimas obras de tornan casi una imagen pictórica por momentos, por otros, las piezas que contienen menos elementos, pero están igual en sombras, se asemejan a los códigos de un lenguaje extraño como si fuese una especie de signos y símbolos (sobre todo si uno los ve de lejos). Eso, finalmente invita a reflexionar sobre las posibilidades de construcción de un lenguaje.
Se trata de obras que concibe en bocetos. “la idea es anticiparse a la foto. Si no tienes una idea clara de lo que quieres hacer en el estudio, no vas a hacer nada”, dice Ramos, quien encuentra referentes en el pintor Morandi, cuya iconografía se centró, en gran parte, en objetos cotidianos (vasos y botellas como protagonistas). “Es por su trabajo de lo mínimo. Creo que he sintetizado hasta llegar a lo iconográfico. Ahora, si me preguntas qué vas a hacer después, no tengo idea qué más voy a sintetizar”, dice y se queda en silencio como si fuese uno de sus bloques formando un nuevo bodegón.
El Comercio, noviembre 9, 2010
Hay quienes intentan representar el mundo tal como es y, si son exitosos, lo llaman conocimiento. Otros intentan representar el mundo tal como debería ser y, aún si no son exitosos, lo llaman utopía. Antonio Ramos no hace ni lo uno ni lo otro.
Ramos observa objetos comunes de nuestro entorno (berenjenas, tenedores, latas oxidadas, escobas, conchas marinas, …), los examina detenidamente y los coloca junto a cierta materia plástica igualmente común (bolsas, caligrafías, colores, imágenes, noches, …) buscando un tejido visual que los reúna. Ha venido haciéndolo desde inicios de los 90s del siglo pasado. La tentación es suponer que Ramos aísla objetos para verlos en lo que son, en sus curiosas morfologías, en sus detalles ensimismados. Eso también, pero esa es sólo la mitad inferior del ejercicio, la que se detiene en un discurso puramente óptico, es decir, puramente estetizante. La otra mitad comienza cuando dichos objetos dejan de ser ornamentos fijos, apenas concebidos para nuestra contemplación, y empiezan a revelar su propio devenir. ¿Qué devenir? El que les permite seguir siendo lo que son.
Es curioso, porque todos estos objetos se nos aparecen como densamente espaciales y sin embargo, una secreta inestabilidad los corroe: un tiempo interior altera su aparente solidez, un tiempo interior a los objetos mismos y a sus disposiciones. Aún en Cubos, su serie más fuertemente inerte, las construcciones están traspasadas de inestabilidad, de contingencia y de precariedad. Y resulta ilustrativo o conmovedor, como se prefiera, encontrar en la serie Objetos, una comba y una banana y un pescado y un serrucho y una pera, cada uno envuelto en papel, como ilusorio intento de protegerlos contra… ¿qué: su función, su utilidad, su deterioro?
Si uno logra descubrir ese tiempo interior de los objetos al lado del tiempo exterior, estático, en medio del cual emergen, entonces uno descubre una conversación más intensa con estas imágenes; más intensa, es decir, una conversación real con ellas y no meramente un echarles una mirada.
El trabajo fotográfico de Ramos ostenta una humildad que puede desconcertar. Ramos no es un demiurgo de los que crean de la nada; al contrario, es de los que la protege para impedir que los objetos se conviertan en otra cosa. En efecto, no hay mucha metáfora, no creo que la haya, en las imágenes: hay, al contrario, una tenaz literalidad de los objetos. Los objetos son lo que son y no son otra cosa. Pero el ser de dichos objetos, debido al tiempo interior al que he aludido, es un siendo, un devenir. Los objetos devienen constantemente ellos mismos. Las geometrías en las que ocurren, y que los articulan, son la sintaxis artesanal, propiamente fotográfica, del artista que permite esto.
Mario Montalbetti (2024)
En el principio fue el plano. Sagrada o Decorativa, la Geometría se halló en él. Del diálogo con la Arquitectura y la Civilidad surgió el impulso de conferir estructura al plano como un imperativo para entretener a la visión, por siempre atada a un cuerpo que se desplaza. Con el juego de las formas como estímulo, el ojo absorbió la dimensión paralela de lo visual, solo con asomarse a superficies planas que no dejaron de tener confines. Los límites de las formas eran rectos y limpios, y sus encuentros en variedad de ángulos invocaban una fuga posible. Pero nunca nada escapaba. Y era una situación, a cabalidad, feliz.
Antonio Ramos siempre se ha hallado del lado de los pocos que empeñan su tiempo en generar ambigüedades visuales con aire de certezas, que además, a veces, se empeñan en sumar contradicciones, y generan así algo nuevo. Por eso se toma su tiempo.
Esta vez opera un desplazamiento del sentido de la pertenencia de las formas al plano, y con ello energiza cada imagen de su más reciente serie fotográfica (2020-2024). Y no deja a la Geometría incólume. El descolocamiento es el móvil más potente en su proceso, en el juego que ahora tiene ansia de provocar en el plano. Así, lo que parece ser la línea nerviosa -que se quiere insubordinada-, de un dibujo insistentemente planar, no está en el plano: está sobre él, en el sentido más físicamente simple y llano.
El encuentro entre campos de color provoca una sucesión de parteaguas visualmente definidos, pero lábiles en efecto. Ramos se subleva ante la posibilidad de que todo quepa en compartimentos perfectamente ordenados. Y nos desfasa ante imágenes con las que creemos hallarnos en perfecta sintonía.
Es el fotógrafo en Ramos quien decide nuestra suerte en el goce visual. Porque para él la Fotografía tiene predilección -su lealtad es imperecedera-, por el plano. Con la Fotografía, el fotógrafo puede sembrar el plano de ambigüedades, pero de esta dinámica sólo se escapa por la suma de contradicciones. Y cuando se es alguien como Antonio Ramos: su inteligencia es un cable a tierra.
Jorge Villacorta, 2024